James y Catherine han reciclado su matrimonio relatándose las experiencias sexuales extramatrimoniales. James tiene una accidente de auto en el cual conoce a Helen, quien lo introduce en el tema de la erotización de los accidentes, los aparatos ortopédicos, las cicatrices y los cuerpos intervenidos por el metal.
Muchas puntas se abren a partir de esta realización pesadillesca de Cronenberg (sobre texto de JG Ballard):
Vaughn, otro freak miembro del grupo de los accidentófilos, propone “la remodelación del cuerpo humano mediante la tecnología”. El cuerpo ya no como lo dado (lo heredado, lo genético) sino como un escenario de experimentación y metamorfosis. “La Nueva Carne”. Un cuerpo que pueda superar las determinaciones de su propia materialidad y convertirse en máquina, pero imbuida de deseo: una máquina erótica. Un cuerpo que repare sus errores y se convierta en monstruo, simbiosis de carne y metal que vencerá a la muerte ¿Será esta la primera vez en la historia de la humanidad que los humanos pueden darse el cuerpo que quieren, vía remodelación quirúrgica? ¿O siempre los humanos en cada época histórica se han dado un cuerpo acorde al deseo epocal? Como en Videodrome: “¡Larga vida a la nueva carne!”. Sólo que aquí, al principio y al final, se repite, ante el orgasmo y ante la muerte: “quizás la próxima vez”.
El accidente, al decir de Virilio es hoy necesidad, no azar o indeterminación, y no puede distinguírselo del atentado. En tal sentido, Vaughn y su fetichización de la colisión llevan hasta sus últimas consecuencias esa indistinción. Para Virilio, esa imposibilidad de distinguir entre atentado y accidente es la fuente del miedo omnipresente actual. Ese miedo no puede apreciarse en los personajes de Crash: han logrado erotizarlo. Cada tecnología tiene su accidente específico, y ambos nacen juntos: la tecnología y su accidente. Es así que un choque de autos no es un azar, sino que se inscribe en la lógica de nacimiento del automóvil. Esa imagen higiénica, pulcra, de la autopista plagada de autos, pequeñas hormigas yendo hacia nowhere y el atribulado Ballard repitiendo “Cada vez hay más tráfico” (adónde van, hacia dónde progresan?). Individuos disueltos, de espaldas cuando se aman, gregarizados en tribus precarias e inestables, vampirizándose unos a otros. Vaughn expresa la opinión de Ballard: el efecto creador del accidente, que no es un destino posible, sino un elemento presente desde el origen. Una fatalidad.
Por otra parte, la máquina de guerra de otrora ha cedido su podio al automóvil (no sólo a él, también a las tecnologías de la visión). Un aparato gestual sintético, al decir de Baudrillard, un foco de un área tecnomitológica de poderío. “El automóvil es la guerra” nos planteará Benjamin, refiriéndose al forzamiento que produce en la sociedad una tecnología que pugna por imponerse. Pareciera que hubiera en la máquina una pulsión de vida que pugna por hacerse un hueco, por hacerse necesaria. Sin embargo, esa gente a la vez necesita movimiento: el automóvil está ahí para proveerlo. De liberadora o facilitadora que alguna vez fue, esa nueva técnica se convierte en amo al cual se sirve, en ídolo al cual se venera, pezón sobre metal. He aquí el pronosticable fracaso de cualquier campaña, incluida la mejor, de prevención de accidentes. No podría no haberlos. Frente a esta realidad, fetichizarlos es un recurso no tan explorado pero por lo menos más sincero que la “concientización”, la “sensibilización”, etc..
Y parafraseando a Cortázar (Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda a un reloj), podríamos decir: “No te regalan un auto, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del auto”.

