isomorfa

Ser máquina

2 Abril 2008 · 2 comentarios

Siempre creí que las prótesis, los implantes, las cirugías como si de conductos de ventilación de un auto se tratara, la nanotecnología, todo tipo de experimentaciones genéticas, etc., es decir, todas las intervenciones sobre la carne vinculadas a la ciencia, tendían a expoliar nuestro ser animal, a domesticar la bestia tanto como a beneficiarnos como usuarios-consumidores.

Mi broma con un amigo heavy-metal era por entonces decir que yo sí llevaba el metal no ya en la sangre, sino en los huesos, a raíz de un clavo permanente que tengo en el hombro por el choque con la moto en el 2000. Decía por entonces que mis sensaciones asociadas a prótesis, huesos perforados por clavos, metal emanando de la piel, etc., eran muy crash.

Pero hete aquí que…

Una vez me sorprendí sabiendo que mi botellita de agua se llenaba al llegar a 16, y que la pava repetía dos veces esa medida. 16 qué? Qué frecuencia macabra, qué era 16? 16 respiraciones, 16 mississippis, 16 pestañeos. En esta patria de servicios inservibles, también había que acomodar el 16 a un fluido menor de agua. 16 era un rigor del que quería escapar. Era un ritmo no propio, pero era, sí, una rigurosidad impensada, no discursiva, necesaria para que el caos no irrumpa en mi cosmos, para que las cosas, simplemente sean.

Romper con ese 16 es un trabajo que me lleva la vida. Con ese 16 fui constituida. Otros rigores, también constitutivos, son menos mensurables, menos audibles.

El problema del 16 tenía solución: repetirme ‘no debo contar – UNO’, ‘no debo contar – DOS’, etc. etc.. No era solución, era parche.

La educación toda –no solo la institucionalizada— busca transformar la energía vital en fluidos mensurables, en repeticiones, en ritmos.
Soy una persona educada.

 

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