Como si hubiera una forma no represiva de democracia en el capitalismo. Como si ése, la vida, no fuera el límite de toda lucha sindical. Como si no aprendiéramos, como si la memoria fuera el ejercicio de marzo: ya estamos en abril. Como si alcanzara con cambiar una ministra, o un gobernador. Como si no fuera ésa la función de la policía. Como si el ‘doble discurso’ no fuera la verborragia necesaria para la democracia. Como si el que plantea mano dura no fuera el demócrata desenmascarado. Como si esto no fuera la democracia. Como si fuéramos a seguir pensando eternamente en lo que la democracia debiera ser, a seguir con las expresiones de deseos, los planteos utópicos (esos que se alejan a medida que avanzamos), el socialismo como sueño. Como si la unidad fuera el puesto de retaguardia tras los burócratas de turno, a los que daremos una vez más la oportunidad de demostrar su esencia burocrática.
Sí se manchan las tizas de sangre. Sí se le pega a un maestro. Y se lo mata. Y a un pibe de la calle, y al sobrino de un vecino que estacionaba la combi, y a una madre piquetera, y a dos piqueteros, y a un no docente, y a uno que nunca luchó y a uno que fue a bailar, y a uno que se inundó. Seguiremos hablando de muertos nuestros nuevos, y diremos: esto no se hace. Seguiremos diciendo que la sangre derramada no se negocia.
Entiendo: recurso discursivo o estilístico, consigna con cierto impacto, frase de pancarta para la tele para expresar lo que no debería pasar, lo que quisiéramos que no pase. Sucede que me canso de desear.


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